Durante dos semanas desaparecí del antro y de Bellas Artes. Tampoco fui a la pieza de Erszebet: dormí en un box, sobre la cama de viruta. Hacía tiempo que no olía a pasto y me estaba olvidando de que era yegua.
La noche que volví a su departamento, el Andrógino me recibió sin reproches. Por su mirada compasiva supe que tenía abrojos en el pelo. Me sonrió:
-Te esperaba hoy, linda.
La bañadera rebalsaba de burbujas. Me quitó el gorro y la bufanda y los guantes. Lentamente me desabrochó el saco gris; lo dejó caer sobre la alfombra. Introdujo las manos frías bajo el pulóver; sentí un hormigueo por la espalda mientras me desprendía el corpiño. Yo también usaba corpiños de encaje, pero no blancos, negros. Sus manos fueron calentándose en contacto con mi piel y con suavidad me hicieron levantar los brazos para sustraerme el pulóver, primero. Luego descendieron hasta la cintura, ya estaban cálidas, pero igual me hicieron cosquillas. Bajaron el cierre de la pollera, que cayó, porque todo cae, tarde o temprano. Y se pegaron a las caderas para enrollarme las medias. Me sacaron las botas. Subieron por mis pantorrillas y mis muslos y mi ombligo y mis brazos, que colgaban desconcertados, y el sobrerrelieve de mis clavículas y mi garganta, donde se crisparon hasta oprimirla, hasta sentir que no podía respirar. Pero se relajaron en mis labios para resbalar por los hombros hasta encontrarse con mis manos y conducirme al baño. Por primera vez me sentí.
El agua se sentía bien después de tantos días. El Andrógino tomaba la esponja vegetal, la movía en círculos, presionándola contra mis vértebras. Eso me provocaba placer, mucho.
A los doce años aprendí a montar. Mi viejo me llevó al haras de un amigo y me dieron a elegir entre tres yeguas. Elegí una alazana tostada; a mi viejo los tordillos no le gustaban y a mí tampoco.
Gustavo, el dueño del campo, me dio un cepillo y me dijo:
-Andá.
No entendí demasiado pero me acerqué a la yegua. Quería que la peinara. Mi viejo y Gustavo se fueron a la casa a hablar de padrillos, de servicios y de costos; me dejaron con Andrés, que tenía quince, y que, como no podía ir a la escuela, aprendía el oficio. Era duro para Gustavo; después de eso no había intentado tener más hijos. La vida simple de Andrés era feliz.
-Se hace así –me mostró.
¿Por qué no la rasqueteaba él? Yo había ido a montar, no a limpiar establos.
El primer paso en una relación es establecer contacto. La yegua debía olerme, reconocerme. Tenía que cepillarla para demostrarle que me importaba y de esa forma amansarla. Después de un tiempo me permitiría montarla, pero antes debía ocuparme del corderito, de la silla, de las bridas, de las herraduras.
-Sos un buen domador –le susurré.
El Andrógino no respondió: me lavaba la cabeza.
-Quiero ese caballo –dijo Alejandro a su padre Filipo.
En Macedonia, los caballos eran símbolo de nobleza y Alejandro, a pesar de su edad, necesitaba poseer uno. Había señalado al más indómito, al que nadie se atrevía a comprar, ni por su precio: costaba lo que diez esclavos, ni por su brío. Filipo se sonrió.
-Bien, –le dijo- si hoy podés montarlo, es tuyo.
-Me parece un trato justo.
Alejandro entró al corral y ordenó a todos que lo dejaran solo. Permaneció desde el mediodía hasta el final de la tarde, caminando, observando al caballo y siendo observado, acercándose y retrocediendo, según lo demandara el tango, pero sin usar fustas ni bridas. Solos él y el animal. Hasta que al caer el sol, ya sin sombras que lo asustaran, Bucéfalo se dejó montar. Y Filipo tuvo que pagarlo.
Dejé a mi marido cuando empezó a visitarme Erszebet.
De noche alguien me susurraba al oído y me lamía el cuello. No podía ser Plutón, el gato, ni Pedro, él roncaba acurrucado entre las frazadas mirando hacia la pared. Además, era una lengua filosa, viperina; la lengua de Pedro era ancha como la de una vaca. Él jamás me lamería el cuello ni me mordería los pezones ni me penetraría hasta hacerme doler. Simplemente se metería entre mis piernas abiertas y me haría mirar las telas de araña que se formaban entre el placard y el cielorraso.
Pensé que me visitaba un íncubo, sin embargo, con las noches la reconocí. Erszebet llegaba volando desde Csejthe con un camisón de moiret negro hasta los tobillos. Descorría las sábanas, las frazadas, el acolchado y se introducía. Le hacía lugar porque venía a acariciarme los muslos. Las manos me raspaban como papel de lija. Me quemaba el escozor, me hacía voltear de un lado al otro en pesadilla afiebrada balbuciendo su nombre. Erszebet… Erszebet… por favor… me hurgaba el clítoris con las uñas… basta… Ersz… con la lengua… ah… basta… por favor…
domingo 27 de diciembre de 2009
miércoles 25 de noviembre de 2009
Novela Soy yegua
Era noche de martes: en el bar había dos parejas. El Andrógino se me acercaba con el gin-tonic preparado por René, así le decían al manco de la barra, y lo apoyaba en la mesa. Bamboleaba las caderas hasta dejarlas caer en la silla de junto. El bretel del corpiño de encaje que le había regalado se le incrustaba en el hombro; él sabía que esto no dejaba de darme curiosidad. Cada tanto con sus dedos contra la mesa tamborileaba el compás, pero no habló sino hasta que terminé de beber.
-¿Si bailamos?
-Es un bolero.
-¿Y...?
Su mano firme me condujo hacia el centro del salón. Mme. Kirilovsky dormitaba en un rincón, sobre el trípode; las parejas se ensimismaban; la luz tramposa de los martes nos disimulaba. Colocó su otra mano en mi espalda; yo la dejé caer sobre el bretel. Aunque era noche de luna, el Andrógino, tomaba el lugar del hombre. De música sabía poco pero creo que era Manzanero. Con la palma extendida, el Andrógino ejercía presión para estrecharme; yo intentaba mantener su torso a distancia. Su encaje contra mis senos me incomodaba, me hacía repelerlo como si fuéramos imanes de un mismo polo. Las pelvis, por el contrario, se mantenían unidas.
-¿Por qué hoy? –le susurré, no porque intentara seducirlo sino porque parecía ser la forma más adecuada para un bolero.
-La luna.
-No me gustan las mujeres.
Mme. Kirilovsky abrió los ojos.
-Me sofoca.
-¿La luna? –me asombré.
-¿A vos no?
-Las yeguas no se alzan.
Nos miró.
-¿Por qué no volvés a tu casa?
-¿La Pitia te insinuó algo?
-No. Pero no podés seguir así.
-Así, ¿cómo?
-Volvé a tu casa, linda.
-No puedo.
Hasta cuando murió mi abuela Chola, en el ’83, las Navidades se festejaron en su casa. Todos los años me daban rollizas muñecas plásticas que abrían y cerraban los ojos cuando se las acunaba. Me daban cochecitos, baterías de cocina y juegos de té chinos. Ésos nunca fueron mis dominios. Desde chica había sentido la resistencia, pero mi vieja, mi abuela y mi tía abuela Yiyí eran perseverantes. Lentamente ese territorio femenino se me volvió ajeno, se me escurrió, con alivio, hasta convertirse en lo otro.
Me definí por oposición: Natalia Addiechi era lo que no era eso otro. No era el piano, no era la repostería, no era la moda, no era la peluquería. Mi matrimonio con un hombre como Pedro no podía durar demasiado. Tarde o temprano él exigiría camisas planchadas, botones cosidos, platos limpios y que ocupara mis tardes no escribiendo sino haciendo origami.
-“Un hombre tiene que estar bien comido, bien dormido y bien cogido”. No puedo volver a casa.
Mientras mezclaba axiomas con naipes, allá por el ’93, Esther había dicho estas palabras. Si acaso la hubiera escuchado. Tenía razón y estoy segura de que ella sí pudo, con su mejor cara de vendedora, seguir esto a rajatablas. Sin embargo no pudo evitar que la maldición de Erszebet se llevara a mi abuelo a Mar del Plata.
-¿Querés quedarte esta noche en casa?
Le sonreí: -Hay luna, ¿por qué no?
Aprendí a leer a los cuatro años: papá me prestaba la revista y los prismáticos. Mientras mis compañeritos del jardín miraban las figuritas del Billiken y recortaban el Anteojito, yo deletreaba studs y padrillos.
Algunos afirman que el padre es la ley. En mi casa, lo divertido: el juego: los burros, los libros, el cine, el teatro, era mi viejo. Con mi vieja había que saber el solfeo, pararse frente a un espejo y tomarse de la barra para ejecutar grácil el plié y el demi-plié y ayudarla a revolver el colorante del glacé real para hacer flores y esperar a que se secaran para decorar las tortas. Con ella había horarios, reglas y obligaciones; el único horario que tenía mi viejo era el de llegar temprano al Hipódromo.
El Andrógino decía que vivía en un segundo piso a causa de los cortes de luz. También, que las escaleras de rescate de los bomberos no llegaban más allá del piso diez; yo sabía que desde que había intentado suicidarse, le tenía fobia a las alturas. Tampoco usaba el ascensor, así que subimos a pie.
Había nacido en Santo Tomé, un pueblito cerca de Santa Fe, de una madre ama de casa y un padre empleado municipal. Sin embargo, él prefería decir que había nacido en el circo Rodas. Que su madre, la Mujer Barbuda, y su padre, el Enano Manguera, se habían entregado a la lujuria sin límites detrás del carromato de los leones una noche de luna llena. Quién podía culparlo por inventarse esa biografía. ¿Acaso no era más atractivo imaginarse al enano con una verga como trompa de elefante traqueteando sobre la obesa mujer barbuda, mientras los chimpancés chillaban y se agitaban contra los barrotes de la jaula, despertando a las palomas, que volaban aturdidas dentro de la pajarera, y los leones rugían? ¿Acaso de tanto decir algo no se convierte en realidad?
Sacó la llave de su monedero de piel sintética y entramos. Las posibilidades de una llave son infinitas. Cada cual posee, gracias a un extraño azar, la llave que le corresponde. Basta con observar una llave para urdir una intriga, y, el papel del cerrajero es, a pesar de la suciedad de la viruta de bronce, el del Gran Dispensador. El cerrajero otorga a cada uno su llave, como si a priori supiera quién es quién, de hecho lo sabe. La llave de Erszebet tenía forma de corazón; la del Andrógino, en cambio, era una Trabex de doble paleta con muescas a ambos lados; yo había tirado mi llave a la alcantarilla al huir de casa.
Encendió las luces: un globo giratorio que hacía alternar colores pasteles en las paredes blancas. El efecto me pareció ingenioso pero al cabo de unos minutos, y después de los gin-tonics, comenzó a marearme.
-Esta ropa apesta a cigarrillo. Sentáte mientras me cambio.
Me acomodé en un sillón inflable.
-Servíte algo, linda, si querés, -me señaló una bodega -con confianza.
-No te preocupes ... andá.
Me dejó sola en el living con el primer plano de Marilyn Monroe escasamente iluminado por el juego de luces. El rosa, el lila, el celeste y el amarillo giraban sobre su rostro, deformándolo monstruosamente: Marilyn era un andrógino. De la impresión me levanté y caminé hacia la biblioteca. Los libros me tiran más que una yunta de bueyes. Todas primeras ediciones dedicadas por el autor; en el mismo estante, la foto de Manuel Puig y José Amícola tomados de la mano en New York. Debajo, un potiche con un popurrí de flores secas y ni una mota de polvo. Me irrité; tomé el potiche y lo estrellé contra la pared: desconfiaba de la prolijidad.
Entonces crucé el living evitando el retrato de Marilyn, para acercarme al bar. Resultaba curioso que el Andrógino tuviera una barra, copas y una bodega surtida en licores en su departamento; no creí que le gustara llevar el trabajo a casa. No había gin ni vodka.
Había, en cambio, otra biblioteca, desordenada: autores ingleses, los de mi agrado: Joyce, Wilde, Chesterton, Donne, Blake, Shakespeare, y por qué no Milton. Tuve ganas de leer, pero recordé que no había ido al departamento para eso.
Del corredor que comunicaba con las habitaciones venía un vapor espeso. Volví a cruzar el living, esta vez miré de soslayo a Marilyn: su lunar estaba entre ceja y ceja como un tercer ojo. Al acercarme al corredor escuché la voz del Andrógino en la ducha. Era tan previsible que me asombraba de mi ingenuidad. Jamás había reconocido un flirteo: los consideraba camaredería. No creía en la amistad entre el hombre y la mujer, pero yo no me pensaba mujer. El vapor continuaba esparciéndose como niebla; sentía curiosidad; la primera vez había sido curiosidad. El agua golpeaba contra su piel; susurraba boleros bajo la espuma del shampú de manzana. Giré el picaporte y entré. Él lo notó.
Aunque la cortina de la ducha era translúcida, no podía verlo: el Andrógino me daba la espalda en un juego de coquetería femenina que no alcanzaba a comprender. El ritual consistía en que el agua pusiese sordina a los boleros y él fingiera no darse cuenta de mi presencia mientras deslizara el jabón por sus muslos, y estaba funcionando: había algo, un no sé qué, que me atraía, a pesar de la luna, o a favor de ella. Los músculos bien definidos, su cuerpo fibroso pero que adivinaba suave, porque detrás de la cortina sólo podía adivinar, hacían que atravesara la bruma. Al mismo tiempo, la espuma caía sobre sus hombros y el agua la arrastraba por los omóplatos, por su piel ligeramente morena y lisa y tersa y sabrosa, muy sabrosa. Aún no entendía las reglas, pero como al verlo acariciarse el cuello con el jabón blanco, me mordía los labios, deseando su pubis lampiño, me pegué a la cortina y empecé a lamerla: no pude dejar de restregar mi lengua contra el nylon. El Andrógino jugaba a no sentirme, a ignorar que recorría su cuerpo, que exageraba cada músculo con el detalle del dibujante, que me deshacía en dentelladas estériles. Me ocultaba su sexo: me mostraba la espalda excitando mi curiosidad, y continuaba duchándose del otro lado; yo cerraba los ojos para sentir si el agua me mojaba la cara.
Cuando salió de la ducha, ya no estaba en su departamento. Galopé hasta la puerta del Hipódromo. Los reflectores estaban apagados. Me acomodé los guantes, me calé el gorro hasta las orejas y me arrebujé en la bufanda. Dormí acurrucada contra la reja.
-¿Si bailamos?
-Es un bolero.
-¿Y...?
Su mano firme me condujo hacia el centro del salón. Mme. Kirilovsky dormitaba en un rincón, sobre el trípode; las parejas se ensimismaban; la luz tramposa de los martes nos disimulaba. Colocó su otra mano en mi espalda; yo la dejé caer sobre el bretel. Aunque era noche de luna, el Andrógino, tomaba el lugar del hombre. De música sabía poco pero creo que era Manzanero. Con la palma extendida, el Andrógino ejercía presión para estrecharme; yo intentaba mantener su torso a distancia. Su encaje contra mis senos me incomodaba, me hacía repelerlo como si fuéramos imanes de un mismo polo. Las pelvis, por el contrario, se mantenían unidas.
-¿Por qué hoy? –le susurré, no porque intentara seducirlo sino porque parecía ser la forma más adecuada para un bolero.
-La luna.
-No me gustan las mujeres.
Mme. Kirilovsky abrió los ojos.
-Me sofoca.
-¿La luna? –me asombré.
-¿A vos no?
-Las yeguas no se alzan.
Nos miró.
-¿Por qué no volvés a tu casa?
-¿La Pitia te insinuó algo?
-No. Pero no podés seguir así.
-Así, ¿cómo?
-Volvé a tu casa, linda.
-No puedo.
Hasta cuando murió mi abuela Chola, en el ’83, las Navidades se festejaron en su casa. Todos los años me daban rollizas muñecas plásticas que abrían y cerraban los ojos cuando se las acunaba. Me daban cochecitos, baterías de cocina y juegos de té chinos. Ésos nunca fueron mis dominios. Desde chica había sentido la resistencia, pero mi vieja, mi abuela y mi tía abuela Yiyí eran perseverantes. Lentamente ese territorio femenino se me volvió ajeno, se me escurrió, con alivio, hasta convertirse en lo otro.
Me definí por oposición: Natalia Addiechi era lo que no era eso otro. No era el piano, no era la repostería, no era la moda, no era la peluquería. Mi matrimonio con un hombre como Pedro no podía durar demasiado. Tarde o temprano él exigiría camisas planchadas, botones cosidos, platos limpios y que ocupara mis tardes no escribiendo sino haciendo origami.
-“Un hombre tiene que estar bien comido, bien dormido y bien cogido”. No puedo volver a casa.
Mientras mezclaba axiomas con naipes, allá por el ’93, Esther había dicho estas palabras. Si acaso la hubiera escuchado. Tenía razón y estoy segura de que ella sí pudo, con su mejor cara de vendedora, seguir esto a rajatablas. Sin embargo no pudo evitar que la maldición de Erszebet se llevara a mi abuelo a Mar del Plata.
-¿Querés quedarte esta noche en casa?
Le sonreí: -Hay luna, ¿por qué no?
Aprendí a leer a los cuatro años: papá me prestaba la revista y los prismáticos. Mientras mis compañeritos del jardín miraban las figuritas del Billiken y recortaban el Anteojito, yo deletreaba studs y padrillos.
Algunos afirman que el padre es la ley. En mi casa, lo divertido: el juego: los burros, los libros, el cine, el teatro, era mi viejo. Con mi vieja había que saber el solfeo, pararse frente a un espejo y tomarse de la barra para ejecutar grácil el plié y el demi-plié y ayudarla a revolver el colorante del glacé real para hacer flores y esperar a que se secaran para decorar las tortas. Con ella había horarios, reglas y obligaciones; el único horario que tenía mi viejo era el de llegar temprano al Hipódromo.
El Andrógino decía que vivía en un segundo piso a causa de los cortes de luz. También, que las escaleras de rescate de los bomberos no llegaban más allá del piso diez; yo sabía que desde que había intentado suicidarse, le tenía fobia a las alturas. Tampoco usaba el ascensor, así que subimos a pie.
Había nacido en Santo Tomé, un pueblito cerca de Santa Fe, de una madre ama de casa y un padre empleado municipal. Sin embargo, él prefería decir que había nacido en el circo Rodas. Que su madre, la Mujer Barbuda, y su padre, el Enano Manguera, se habían entregado a la lujuria sin límites detrás del carromato de los leones una noche de luna llena. Quién podía culparlo por inventarse esa biografía. ¿Acaso no era más atractivo imaginarse al enano con una verga como trompa de elefante traqueteando sobre la obesa mujer barbuda, mientras los chimpancés chillaban y se agitaban contra los barrotes de la jaula, despertando a las palomas, que volaban aturdidas dentro de la pajarera, y los leones rugían? ¿Acaso de tanto decir algo no se convierte en realidad?
Sacó la llave de su monedero de piel sintética y entramos. Las posibilidades de una llave son infinitas. Cada cual posee, gracias a un extraño azar, la llave que le corresponde. Basta con observar una llave para urdir una intriga, y, el papel del cerrajero es, a pesar de la suciedad de la viruta de bronce, el del Gran Dispensador. El cerrajero otorga a cada uno su llave, como si a priori supiera quién es quién, de hecho lo sabe. La llave de Erszebet tenía forma de corazón; la del Andrógino, en cambio, era una Trabex de doble paleta con muescas a ambos lados; yo había tirado mi llave a la alcantarilla al huir de casa.
Encendió las luces: un globo giratorio que hacía alternar colores pasteles en las paredes blancas. El efecto me pareció ingenioso pero al cabo de unos minutos, y después de los gin-tonics, comenzó a marearme.
-Esta ropa apesta a cigarrillo. Sentáte mientras me cambio.
Me acomodé en un sillón inflable.
-Servíte algo, linda, si querés, -me señaló una bodega -con confianza.
-No te preocupes ... andá.
Me dejó sola en el living con el primer plano de Marilyn Monroe escasamente iluminado por el juego de luces. El rosa, el lila, el celeste y el amarillo giraban sobre su rostro, deformándolo monstruosamente: Marilyn era un andrógino. De la impresión me levanté y caminé hacia la biblioteca. Los libros me tiran más que una yunta de bueyes. Todas primeras ediciones dedicadas por el autor; en el mismo estante, la foto de Manuel Puig y José Amícola tomados de la mano en New York. Debajo, un potiche con un popurrí de flores secas y ni una mota de polvo. Me irrité; tomé el potiche y lo estrellé contra la pared: desconfiaba de la prolijidad.
Entonces crucé el living evitando el retrato de Marilyn, para acercarme al bar. Resultaba curioso que el Andrógino tuviera una barra, copas y una bodega surtida en licores en su departamento; no creí que le gustara llevar el trabajo a casa. No había gin ni vodka.
Había, en cambio, otra biblioteca, desordenada: autores ingleses, los de mi agrado: Joyce, Wilde, Chesterton, Donne, Blake, Shakespeare, y por qué no Milton. Tuve ganas de leer, pero recordé que no había ido al departamento para eso.
Del corredor que comunicaba con las habitaciones venía un vapor espeso. Volví a cruzar el living, esta vez miré de soslayo a Marilyn: su lunar estaba entre ceja y ceja como un tercer ojo. Al acercarme al corredor escuché la voz del Andrógino en la ducha. Era tan previsible que me asombraba de mi ingenuidad. Jamás había reconocido un flirteo: los consideraba camaredería. No creía en la amistad entre el hombre y la mujer, pero yo no me pensaba mujer. El vapor continuaba esparciéndose como niebla; sentía curiosidad; la primera vez había sido curiosidad. El agua golpeaba contra su piel; susurraba boleros bajo la espuma del shampú de manzana. Giré el picaporte y entré. Él lo notó.
Aunque la cortina de la ducha era translúcida, no podía verlo: el Andrógino me daba la espalda en un juego de coquetería femenina que no alcanzaba a comprender. El ritual consistía en que el agua pusiese sordina a los boleros y él fingiera no darse cuenta de mi presencia mientras deslizara el jabón por sus muslos, y estaba funcionando: había algo, un no sé qué, que me atraía, a pesar de la luna, o a favor de ella. Los músculos bien definidos, su cuerpo fibroso pero que adivinaba suave, porque detrás de la cortina sólo podía adivinar, hacían que atravesara la bruma. Al mismo tiempo, la espuma caía sobre sus hombros y el agua la arrastraba por los omóplatos, por su piel ligeramente morena y lisa y tersa y sabrosa, muy sabrosa. Aún no entendía las reglas, pero como al verlo acariciarse el cuello con el jabón blanco, me mordía los labios, deseando su pubis lampiño, me pegué a la cortina y empecé a lamerla: no pude dejar de restregar mi lengua contra el nylon. El Andrógino jugaba a no sentirme, a ignorar que recorría su cuerpo, que exageraba cada músculo con el detalle del dibujante, que me deshacía en dentelladas estériles. Me ocultaba su sexo: me mostraba la espalda excitando mi curiosidad, y continuaba duchándose del otro lado; yo cerraba los ojos para sentir si el agua me mojaba la cara.
Cuando salió de la ducha, ya no estaba en su departamento. Galopé hasta la puerta del Hipódromo. Los reflectores estaban apagados. Me acomodé los guantes, me calé el gorro hasta las orejas y me arrebujé en la bufanda. Dormí acurrucada contra la reja.
viernes 13 de noviembre de 2009
Novela Soy yegua
Después de que mi abuela Chola murió, pasábamos los fines de semana en casa. Yo miraba con fruición los Sábados de Súper Acción que pasaban por canal 11. Mi abuelo, que se había venido a vivir con nosotros, se encerraba en su pieza a hacer estadísticas y mi vieja se iba a arriba, a coser a máquina o a hacer cualquier otra cosa porque después de que mi abuela murió, mi vieja se consagró a hacer boludeces. Primero se le dio por la jardinería y se hizo traer dos camiones de tierra para emparejar el fondo y no sé cuántas plantas y libros. Después se le dio por retomar el piano. Por último fue a aprender costura con Delego. ¡Ay, la de ropa horrible que usé hasta que se le fueron las ganas de coser!
Cuando murió mi abuelo Ítalo fue diferente, se le dio por aprender italiano, por darse masajes corporales y por visitar todos los fines de semana a su tía Yiyí y a mi bisabuela Paulina. Pero... volviendo a los sábados, nadie pudo contra ellos: mi abuelo lloraba su viudez, mi vieja le daba a la Singer y mi viejo, cuándo no, en el hípico. Tal vez allí se gestó ese gusto por lo clase B. Tal vez por eso me agradaba el Andrógino. Tal vez allí estuvieran los orígenes de mis novelas.
A Esther no le importaba que yo hubiera descubierto dónde guardaba la plata: un bollo de medias bordó, porque no tenía secretos como las demás mujeres. Tampoco tenía menstruación ni menopausia. Usaba medias de hombre, las que había dejado mi abuelo Ricardo, jugaba al tute cabrero y seguía los partidos por la radio a pilas. Al mismo tiempo, y sin que esto fuera contradictorio, tenía voz de gata y se pintaba las uñas; el Andrógino me obligaba a recordarla.
Yo odiaba a las mujeres. No me disgustaban sus cuerpos, perfectos, sino lo que había detrás: un manojo de sensualismos. Esther podía equilibrar sus palabras de vendedora de la Beige con el Prode o el lenguaje arrabalero del turf. Por eso me escapaba en las siestas de verano a su casa. Mi vieja no quería que estuviera con Esther porque era una mala yunta, porque había tenido a mi viejo de soltera, porque jugaba a la quiniela por teléfono y porque hablaba como machona. Decía que Esther era una perra porque cuando se ofrecía para lavarle los platos, lo hacía para romperle los pocillos de porcelana que le habían regalado para el casamiento.
Mi vieja, en cambio, era maestra de piano, de pentagramas rectilíneos, de redondas, blancas, negras y sus desesperantes fracciones. Jamás pude descubrir la diferencia entre una fusa y una semifusa, de no ser por las matemáticas, pero para ella eran tan elementales como el solfeo con el que me torturaba.
Para ella ser mujer significaba poder ejecutar las sonatinas de Clementi de memoria, saber hacer flores con glacé real, sacar los moldes de la Burda e ir a la peluquería los domingos. Nunca quise ser mujer... o tal vez sí...
jueves 22 de octubre de 2009
Novela: Soy yegua
Al Andrógino le crecían las tetas las noches de luna llena. Entonces se vestía con una remerita de lycra blanca de escote pronunciado. Era conmovedor, si hasta se lo veía feliz. Me servía el gin-tonic en la mesa junto a la ventana, la de siempre, contoneando las caderas, canturreando un viejo bolero. Exageraba la limpieza de las mesas tan sólo para ostentar su escote, sus senos cálidos recién florecidos, los pezones vírgenes y el perfume cítrico. Alguna vez sentí curiosidad. Las demás noches me atendía con recelo, con envidia: yo no necesitaba lunas.
Comenzamos a entendernos la tarde cuando lo llamé a mi mesa y le di un paquete con un moño de raso: era un corpiño de encaje. Desde esa tarde se sentaba conmigo, lucubraba teorías acerca del amor tan inciertas como él. A veces me hablaba de Erszebet; otras, me confiaba sus fantasías. Excitaba mi curiosidad, o Erszebet la excitaba, porque sabía que ella estaba detrás de esto. Mme. Kirilovsky siempre observaba mis movimientos, desde el trípode, rígida como roca y aun así sabía lo que hacía o lo que pensaba.
Los martes el Andrógino tenía poco trabajo porque el antro estaba casi vacío. Un par de mesas con parejitas haciéndose arrumacos que pedían bebidas de baja gradación alcohólica. Cuando me traía el gin se sentaba conmigo. El manco aprovechaba entonces para despacharse con unos tangos. Decían que quería ser dj pero que tenía algunas dificultades con el scratching. Mme. Kirilovsky inventaba lunas de miel en Acapulco o mellizos o casas con amplios jardines, todo menos divorcios, antidepresivos y suicidios. Ellas volvían a sus mesas satisfechas, antes de ir al hotel; ellos agradecían cómplices a la Pitia. El Andrógino y yo conversábamos.
-De cada amor que tuve tengo heridas… heridas que no cierran y sangran todavía… -cantaba el barman.
-¿Sabés?, linda, el Amor es la divinidad más antigua.
-Ajá… -lo miré con desdén. De qué amor ni qué ocho cuartos me hablás, pensé.
-Sí… -dijo entusiasmado- Antes que el sol y que la luna, existía el Amor. Ah…
-¿No es demasiado puto estar hablando del amor?
-Platón habla del amor en el Banquete.
-Sí… Platón era un buen padrillo. Lo habían traído de Inglaterra. Dio excelentes productos: Gorgias, ganador en San Isidro; Timeo, si no recuerdo mal, fue ganador de siete carreras; Fedón; Fedro; acá en La Plata debutó ganando la polla de potrillos Protágoras…
-Mirálos... – revoloteó la cabeza hacia las mesas- enamorados...
Miré con asco.
-…y ahora que no es hora para nada… tu boca enamorada me incita una vez más… y aunque quiera quererte yo no puedo… porque dentro de mi alma tengo miedo…
-Ah… el Amor… el dios más venerable…
-El Amor no es un dios. –le objeté- Es un potrillo que va a ir al bombo en la séptima el jueves.
-Sos cínica.
-El amor es una carencia.
-¿Por qué? –me apresó la muñeca.
-Mirános: acá, como dos viejas... el amor no deja de ser un vacío –le sonreí sarcásticamente- Es el vacío donde caen mis sorbos, son tus minutos vacíos de esperar las lunas.
-No espero lunas. –me miró asombrado y me apretó la muñeca hasta cortarme la circulación- Espero una oportunidad.
-Las oportunidades no se esperan, se crean –sacudí la mano para liberarme-Pero siguen siendo vacías.
-El que está enamorado no puede estar vacío, Platón dixit.
- Yo estoy maldita –me solté-. Me lo dijo mi viejo.
Comenzamos a entendernos la tarde cuando lo llamé a mi mesa y le di un paquete con un moño de raso: era un corpiño de encaje. Desde esa tarde se sentaba conmigo, lucubraba teorías acerca del amor tan inciertas como él. A veces me hablaba de Erszebet; otras, me confiaba sus fantasías. Excitaba mi curiosidad, o Erszebet la excitaba, porque sabía que ella estaba detrás de esto. Mme. Kirilovsky siempre observaba mis movimientos, desde el trípode, rígida como roca y aun así sabía lo que hacía o lo que pensaba.
Los martes el Andrógino tenía poco trabajo porque el antro estaba casi vacío. Un par de mesas con parejitas haciéndose arrumacos que pedían bebidas de baja gradación alcohólica. Cuando me traía el gin se sentaba conmigo. El manco aprovechaba entonces para despacharse con unos tangos. Decían que quería ser dj pero que tenía algunas dificultades con el scratching. Mme. Kirilovsky inventaba lunas de miel en Acapulco o mellizos o casas con amplios jardines, todo menos divorcios, antidepresivos y suicidios. Ellas volvían a sus mesas satisfechas, antes de ir al hotel; ellos agradecían cómplices a la Pitia. El Andrógino y yo conversábamos.
-De cada amor que tuve tengo heridas… heridas que no cierran y sangran todavía… -cantaba el barman.
-¿Sabés?, linda, el Amor es la divinidad más antigua.
-Ajá… -lo miré con desdén. De qué amor ni qué ocho cuartos me hablás, pensé.
-Sí… -dijo entusiasmado- Antes que el sol y que la luna, existía el Amor. Ah…
-¿No es demasiado puto estar hablando del amor?
-Platón habla del amor en el Banquete.
-Sí… Platón era un buen padrillo. Lo habían traído de Inglaterra. Dio excelentes productos: Gorgias, ganador en San Isidro; Timeo, si no recuerdo mal, fue ganador de siete carreras; Fedón; Fedro; acá en La Plata debutó ganando la polla de potrillos Protágoras…
-Mirálos... – revoloteó la cabeza hacia las mesas- enamorados...
Miré con asco.
-…y ahora que no es hora para nada… tu boca enamorada me incita una vez más… y aunque quiera quererte yo no puedo… porque dentro de mi alma tengo miedo…
-Ah… el Amor… el dios más venerable…
-El Amor no es un dios. –le objeté- Es un potrillo que va a ir al bombo en la séptima el jueves.
-Sos cínica.
-El amor es una carencia.
-¿Por qué? –me apresó la muñeca.
-Mirános: acá, como dos viejas... el amor no deja de ser un vacío –le sonreí sarcásticamente- Es el vacío donde caen mis sorbos, son tus minutos vacíos de esperar las lunas.
-No espero lunas. –me miró asombrado y me apretó la muñeca hasta cortarme la circulación- Espero una oportunidad.
-Las oportunidades no se esperan, se crean –sacudí la mano para liberarme-Pero siguen siendo vacías.
-El que está enamorado no puede estar vacío, Platón dixit.
- Yo estoy maldita –me solté-. Me lo dijo mi viejo.
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